Si no pueden entrar aqui va:
BOBBY, UN PERRO FIEL HASTA EL FINAL
Los perros no estaban permitidos en el cementerio de Edimburgo, por lo que Bobby era expulsado una y otra vez de la tumba por los vigilantes, regresando al día siguiente independientemente de las condiciones meteorológicas. Una mañana de lluvia, un cuidador lo encontró empapado y tiritando sobre el suelo, conmoviéndose tanto, que en adelante le permitió quedarse junto a la tumba. Bobby acudía todos los días a comer las sobras del restaurante “The Eating House”, próximo al cementerio, cuyos clientes le habían cogido mucho cariño. Tan pronto como terminaba su comida acudía rápido de nuevo junto a la tumba de John.
Fue tanta la fama que alcanzó el animal, que su vida y su situación legal llegaron a oídos del mismísimo alcalde, William Chambers, quien afortunadamente era un gran amante de los animales y en lugar de enviarlo a la perrera, acudió a visitarlo al cementerio. Sir William quedó tan enternecido con “Bobby”, que decidió abonar su licencia fiscal de forma indefinida, colocándole un nuevo collar y un plato de bronce con la inscripción: “Greyfriars Bobby del Alcalde, 1867, autorizado”.
Un año después de la última guardia de Bobby, la Baronesa Burdett Coutts hizo esculpir una estatua para recordar su vida y la devoción a su amo. La estatua continúa hoy en día delante del pub Greyfriars Bobby, cuyo nombre recuerda para siempre tan bella historia. Muchos estudiantes de cursos de inglés en UK acuden cada noche a este pub sin saber la bella historia que recuerda la estatua. El collar y el plato de comida de Bobby se conservan en el Museo de Edimburgo.
LA HISTORIA DE HACHIKO
La noticia del fallecimiento del profesor llegó a la estación, donde casi todo el mundo conocía a Hachiko, intentando muchos convencer al animal para que regresa a casa. Hachiko se fué, pero regresó a la mañana siguiente, aguardando en vano el regreso de su amo hasta la noche. La historia se repitió al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Pasaron los meses y los años y el perro acudía puntualmente a la estación cada mañana, atisbando entre los rostros de los viajeros en busca de su amo. Las condiciones climáticas le daban igual y lloviera o nevara, Hachiko acudía puntual a su puesto de observación a la salida de la estación.
Tal ejemplo de fidelidad no pasó desapercibido y con el paso de los años no había viajero de Shibuya que no se acercara a acariciar a Hachiko o que no le llevara comida. En abril de 1934 se organizó una colecta para erigirle una estatua, contratando a tal fin al escultor Teru Ando. Hachiko falleció un año más tarde al pie de su propia estatua. Habían pasado diez años en los que día tras día no dejó de acudir en busca de su dueño.
Actualmente el monumento a Hachiko puede contemplarse frente a la entrada de la estación de Shibuya, en el mismo lugar donde el animal pasó tantos años esperando a su amo. Desgraciadamente, al entrar Japón en la Segunda Guerra Mundial, todas las estatuas del país fueron fundidas para la elaboración de armamento. Tan solo el recuerdo nunca borrado de Hachiko hizo que en 1947 una nueva colecta permitiera la inauguración de una nueva escultura. Si te encuentras realizando cursos de japonés en Tokio no puedes olvidar la estatua de Hachiko.
El 8 de abril de cada año se recuerda a Hachiko en la plaza frente a la estación de Shibuya. Sus restos descansan junto a los de su amo en el cementerio de Aoyama de Tokio.
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